domingo, febrero 22

El fin de la Historia

Restaría pensar las condiciones de producción de un discurso musical y metamusical como el de los noventa. Cómo se puede articular y depurar este en relación con las transformaciones de la economía a nivel mundial, la explosión del marketing y el ordenamiento de las series dentro de cada subgénero, la disponibilidad inmediata y en dos formatos de (casi) cualquier obra. Cuáles son los gestos culturales (que atravesaron toda la mitad del siglo veinte) con los que estas recientes formas de creación musical se componen o descomponen: la mirada del camp, el fantasma del kitsch y los corporeidades de la (micro)política. Dónde quedaría la función de la crítica, el buen gusto y las plataformas estéticas frente a una década que desplaza antiguos modos de lectura, de escucha, y de vida. Y además, qué movimientos intentan las antiguas divinidades de la música popular, figuras hoy gerontólogicas, enfrentadas al quiebre entre un pasado de "liberaciones" y exploraciones de nuevas formas, y un presente plagado de repliegues en cada espacio programado por el tablero de la mercadotecnia y el confort, a los que se suman, con poca resistencia, los pedazos de materia, piezas de museo, de tiempos brillantes. Al igual que sus tradiciones anteriores, el pop logra glosar una profusa y poco coherente herencia de imágenes y sonidos, el amor por el glitter del setenta, pero también los melodramas televisivos y los ritos domésticos del sexo. O como decían los graffitis del Mayo Francés, 'la vida está en otra parte'.

lunes, diciembre 22

Le Diable au corps

martes, diciembre 9

CÓMO
HAREMOS
PARA
DESAPARECER




(y la respuesta no es la conversación de más abajo)

Imposibilidades

Cada día me convenzo más: el blog no puede hacer nada frente a la experiencia.

Dr. Klein (again)

A distorted reality is now a necessity to be free dijo:
"Si hay carencias de nutrientes o el estrés es alto, se produce una rápida y brusca reducción de la serotonina cerebral que genera tensión, desgano, inquietud, malhumor, irritabilidad y el impulso de comer o ingerir alcohol."
A distorted reality is now a necessity to be free dijo:
MIRA por eso uno sale a destruirse despues de los examenes
Fernando dijo:
JAJAJAJAJAAJAJAJA
Fernando dijo:
there's the key!
A distorted reality is now a necessity to be free dijo:
no wonder boludo, ahora entiendo todo
Fernando dijo:
jajajaja
Fernando dijo:
y qué se puede hacer?
Fernando dijo:
no tenemos alternativa?
A distorted reality is now a necessity to be free dijo:
No.
A distorted reality is now a necessity to be free dijo:
Jajaja
A distorted reality is now a necessity to be free dijo:
hay que destruirse.
Fernando dijo:
yep, we're screwed

sábado, noviembre 22

Les mots et les choses

¿Por qué la filosofía pelea por palabras? Las realidades de la lucha de clases son “representadas” por las “ideas”, las que a su vez son representadas por “palabras”. En los razonamientos científicos y filosóficos, las palabras (conceptos, categorías) son “instrumentos” de conocimiento. Pero en la lucha política, ideológica y filosófica las palabras son también armas: explosivos, calmantes o venenos. Toda la lucha de clases puede, a veces, resumirse en la lucha de una palabra, contra otra palabra. Ciertas palabras luchan entre ellas como enemigos. Otras dan lugar a equívocos, a una batalla decisiva pero indecisa. Ejemplo: los revolucionarios saben que, en última instancia, todo depende no de las técnicas, armas, etc, sino de los militantes, de su conciencia de clase, de su abnegación y de su coraje. Sin embargo, toda la tradición marxista se ha negado a afirmar que el “el hombre el que hace la historia”. ¿Por qué? Porque prácticamente, o sea, en los hechos esta expresión es explotada por la ideología burguesa que la utiliza para combatir, es decir, para matar otra expresión verdadera y vital para el proletariado: son las masas las que hacen la historia.

L. Althusser, "La filosofía: arma de la revolución"

martes, noviembre 18

Oliver Aton

Esta noche después de cerrar, vamos con los de la librería a jugar al fútbol. No: un fulbito, así le llaman. Cuando me lo propusieron hace dos semanas pensé que mi Ni en pedo había sido lo suficientemente enfático como para ahuyentar cualquier otro pedido. Wrong. Insistieron, insistieron. Accedí con la condición de que la competición no sucumbiera ante las apuestas y estuviera lo menos expuesta posible a la mirada ajena.

Mis (inexistentes) habilidades en la cancha fueron por última vez exhibidas en la escuela primaria. Yo era algo a lo que aún llaman defensor. En ese tiempo, cuando para tener clases de educación física íbamos hasta el Club Ciudad, me enteré de que existía una calle llamada Crisólogo Larralde y tres clases de jugadores: los que les gustaba jugar y jugaban bien; los que les gustaba jugar y jugaban más o menos; y los que no sabíamos qué carajo era un corner y por qué cuando la pelota alcanzaba tal lugar, todos gritaban CORNER como si se tratara de un incendio. Jugábamos mal, por supuesto. O no jugábamos, mejor. Manteníamos una certeza tácita según la cual nuestros logros más acabados en la cancha podían ser alejar a la pelota de nuestro arco y poner los buzos para formarlo.

Le tuve y le sigo teniendo poca paciencia al fútbol. La última vez que intenté seguirle el hilo a un partido terminé divagando sobre los motivos por los que la indumentaria del fútbol habría tenido un desarrollo tan pobre. Por otro lado, los jugadores pierden más puntos si los comparamos con los rugbiers, sementales salvajes de origen oligárquico.

Sin embargo, como fieles repetidores de una neurosis físico-educativa, hoy volveremos a poner a prueba a la Historia. Y si las Sagradas Escrituras no se equivocaron, vamos a confirmar que:

Y Fernando dijo que se hiciera el corner. Y el corner se hizo.
Génesis II-3