domingo, julio 29

el Pasolini de Link

Para nosotros, lo sagrado (se trate de Dios, el sexo, el amor, la vida, la amistad, la naturaleza o la Razón) no juega ya ningún papel porque repugna a las relaciones de intercambio de las que nos hemos convertido en meros epifenómenos. Así como hay un mercado de la vida y de la muerte, hay también un mercado de Dios y del deseo.

Para Pasolini, esa pérdida de lo sagrado era el fin. No de otra cosa hablaba Petróleo, ese monumental texto póstumo e inconcluso que nos legó, el mejor regalo que un grande puede legar a quienes lo sobreviven. Es justo, recién ahora podemos sostener esa certeza, que haya muerto como una víctima sacrificial.

Porque había que sostener lo sagrado, Pasolini insistió --para muchos, infantilmente (y con razón, Pasolini se impacientaba: ¿Es que acaso no lo escuchaban? Nunca dejó de decir que lo sagrado es la in-fancia de la humanidad)-- en un puñado de formas y motivos: Narciso, Edipo, lo líquido, la contradicción, el poder devastador de los cuerpos, la cruz, la juventud, la extranjería, el corresponsal (de guerra), el desierto. En fin: aquello que, porque nos devuelve la imagen de lo que no somos (aún cuando nos señale la clase de monstruo en que podríamos llegar a convertirnos), nos habla del valor sagrado de lo múltiple, de la desesperación ante la corrupción de la pureza.


Daniel Link, del Prólogo a Pasiones heréticas. Correspondencia 1940-1975
Buenos Aires, El Cuenco de Plata, 2005

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